¿Es el Caribe como siempre nos lo pintan o acaso es mucho más?

Cuestionando los imaginarios preestablecidos, nuestro colega Rubén Egea, invitado a nuestro blog desde Cartagena, nos lleva en un viaje por un Caribe de meditación profunda distinto al que estamos acostumbrados, donde el silencio y la tranquilidad del espíritu se vuelven tan nuestras como el más vibrante color.

Por Rubén Egea / @r_egea

Cuando el ojo colono llegó, acostumbrado a tantos meses de poca luz solar, en el caribe encontró un tipo de luz propia del trópico que les expuso a los colores revelados. Flora y fauna se desplegaron ante ojos que, sin dudarlo lo representaron exótico y ese exotismo nos conformó.

Sobre esa imagen aún hoy nos replegamos, perdiendo de vista otras formas que también hacen parte de lo espléndido de nuestro territorio. A continuación 10 cosas -y la ñapa-, que en el caribe invitan al silencio y la reflexión, en contraparte del ruidoso colorido del que hemos sido repetidores a-críticos por tanto tiempo.

El Playón, Armando Reverón (1929). Imagen tomada de Literal Magazine.

1. La obra de Armando Reverón.

El playón de Reverón (1929) tiene la luz enceguecedora que el sol tropical causa en quien ve el paisaje caribe directamente. Sin el ruido del color, el impresionismo de este venezolano es la impronta de un nativo representando su paisaje, sintetizando lo que ve desde pequeño, al simple problema de la luz.

Tutu iku (Mochila Arhuaca). Imagen tomada de Moda Operandi.

2. Una tutu iku (mochila arhuaca)

El acto mismo del tejido, cargado de la cosmogonía del pueblo Iku (arhuaco), la pureza de la Kau Jina (mochila de algodón sin dibujos) que en algún lugar de Nabusimake una Wati concentrada en silencio teje, para que habite en ella la reflexión de su pueblo.

 

3. El sombrero vueltiao

Quite de encima todas las capas de fiesta que tiene en el inconsciente la representación del sombrero vueltiao, quédese con las horas que toma aprender el oficio, el silencio necesario para que la caña seque, teñirla, tejerla y luego vueltiarlo todo. La espiral de un sombrero veintisiete en su binarismo cromático y el olor de la caña flecha contienen la herencia Zenú en las manos de sus artesanos.

Dulce de Mongo Mongo.

4. El dulce de mongo-mongo

La rítmica necesaria para su elaboración, la cuidada presencia de sus ingredientes, la ceremonialidad de su quehacer. A fuego lento siendo, esperando cada nuevo ingrediente, sin superponer sabores; dándole lugar a cada uno en justa medida, este dulce que es la perfecta metáfora del mestizaje.


 

5. Un poema de Rómulo Bustos

La obra de Bustos pareciera remitir a cuestiones más universales, lejos del ruido del caribe que nos han querido vender. Nada más lejos de la realidad, los versos de Rómulo Bustos están preñados del esencialismo rural del caribe, ese que explica el mundo con un dicho.

Viajar por el río a remo. Foto de colombia.travel

6. Viajar por el río a remo

Hay un golpe particular, a dos tiempos, que tiene el canalete cuando entra y sale del agua dulce. Ese golpe, que parece una orden para la reflexión, tiene la rítmica de un mantra, un ronquido de animal dormido.

7. El calentillo

Los velorios de mi pueblo -San Estanislao- tienen un sabor particular, el calentillo es las quintaescencia de un café de monte. Su olor particular a café y yerbalimón llama al respeto por la vida de quien se honra en el velorio.

8. Antes de que comience un porro

Los vientos hacen preparativos, soplan y resoplan, limpian los instrumentos y justo después de dejarlo todo listo, se escucha un suspiro de los músicos, es en ese momento de silencio en que músicos y espectadores nos suspendemos, a la espera de reconocer como el cuerpo debe actuar, las posibilidades: un palitiao o un tapao. En cualquiera de los casos las manos al aire son requisito, como un recordatorio lejano de que no hay algo que lo impida.

Sierra Nevada de Santa Marta. Imagen tomada de Heart of the World Tours

9. La Sierra

Desde cualquier ángulo es majestuosa, no importa cuantas veces la veas siempre, al descubrirla, te callas como dejando el espacio justo para venerarla en silencio.

10. Tirar una atarraya

En algún punto de la construcción de esta labor, alguien pensó que era necesario estar en silencio, entonces puso un cabo de cuerda entre los dientes para mantener el control, de la red a punto de golpear el cuerpo de agua y la lengua del pescador.

 

La ñapa. El mote de queso: Hay un momento después de comer mote de queso en que lo único que queda es hacer silencio. Parece ley extradimensional.