La Guajira, la tierra más al norte de Suramérica, es un lugar de puro contraste donde el caribe soñado y el caribe real colisionan de una forma más cruda de lo que uno puede procesar en un sólo viaje. Sin embargo, aquí les cuento cómo fue la travesía desde mi percepción como un alijüna donde comienza Colombia.

Este es un recuento de ida y vuelta hacia el Cabo de la Vela, cercano a la punta más septentrional de Suramérica. No hablo como turista sino como una persona que entiende que la realidad nunca es tan simple como parece, y que por respeto, lo mejor es contarla como realmente se muestra, con lo bueno y lo malo. Allá, en la Guajira, pude ver una esquirla de la dura realidad latinoamericana que ocurre sobre escenarios naturales memorables, en primera fila y casi sin intermediarios. Si quiere leer sólo cosas bonitas y maquilladas, le aconsejo buscar una guía turística.

Por otro lado, si eres de Colombia o de Latinoamérica y quieres endender un poco la realidad de tu tierra, sigue, que aunque este post es largo, vale la pena.

Mapa tomado de Posadas Turísticas de Colombia.

Para llegar al Cabo de la Vela debe atravesarse todo el departamento, uno de los más pobres, maltrechos y olvidados de Colombia, cosa que contrasta con su diversidad cultural y natural. Es tal vez el más rico en carbón, gas, sal y muchos otros recursos naturales que se explotan masivamente. Pero esa riqueza no se hace efectiva ni en la Guajira, y casi ni en Colombia, por muchas razones que trato de comprender más adelante.

Riohacha

Mi primera parada en la Guajira fue Riohacha, donde la gente nos recibió con un alto volúmen de hospitalidad, semejante al volúmen del vallenato en los parlantes de cada esquina. En Riohacha todo se hace a lo bastante. Es una ciudad-pueblo que parece a medio construir, casas sin terminar, pero no dejas de encontrar televisores pantalla plana y grandes camionetas. Las bondades del contrabando y la falta generalizada de educación, no muy diferente al resto del país. Tiene una playa simpática donde encuentras artesanías.

De noche fuimos a la calle primera, la calle de los bares. Parecida a la 84 en Barranquilla. Filas de camionetas en ambos lados de la acera, puestos de comida rápida y si, también vallenato a todo timbal. En horas de la madrugada suelen formarse peleas de borrachos. A pesar de todo, la gente de Riohacha me pareció bien  (cuando está sobria y sin el picó a todo volúmen) y les agradezco por acogerme y organizar las futuras paradas de este viaje.

Cuatro Vías

Cuatro Vías es un punto clave en la ruta al Cabo, al cual le presté especial atención gracias a este diario de viaje que me recomendaron leer antes de salir. Como dice su nombre, es un cruce de rutas hacia distintos pueblos de la guajira y hacia la mina de carbón. Allí se desayunó el famoso friche con arepas guajiras, se tomó la chicha venezolana y se probó el chivo asado. Comidas típicas hechas por la mano de mujeres wayüu, que en un momento parecen queridas y amables, y en otro parecen aprovechar la ingenuidad del turista que no comparta su malicia.

 

Uribia

Uribia en mi experiencia fue un pueblo de paso para recargar gasolina en nuestro camino al cabo, con las famosas pimpinas venezolanas de gasolina de contrabando, que alimentan el voraz apetito de más camionetas de las que alcancé a contar. Es el sustento de todos allí, incluso de las autoridades. En algún lado leí que es la capital indígena de Colombia, tal vez por la alta población de indígenas wayüu (occidentalizados) en este pueblo.

Manaure

Foto de Alcides Escobar. Tomada de www.colombia.travel.

Manaure es famoso por sus salinas de gran producción, y para mi, a pesar de generar empleo, es otro ejemplo de cómo una gran riqueza se va del pueblo que la produce sin dejar casi nada a su gente, corrupción de las autoridades y de las empresas. Con decir que el actual alcalde de Manaure se mudó a Barranquilla apenas fue elegido, ya puede uno pintarse el panorama. Esta vez el invierno que azotó a Colombia mermó la cantidad de sal producida. En Manaure no tenía cámara a la mano, así que volveré.

Cabo de la Vela

Luego de trochar horas entre cactus, matorrales espinosos y un camino recto que se extiende indefinidamente por kilómetros en el desierto, llegamos a la costa y empezamos a ver pequeñas rancherías sobre un azul profundo del mar, niños wayüu corriendo a su retencillo de cuerda tras ver el vehículo, y sitios turísticos con playas paradisíacas hasta llegar al Cabo.

Contrario a lo que yo pensaba, el Cabo de la Vela no es el mismo punto geográfico más al norte de la Guajira. Donde literalmente comienza Colombia y Suramérica es en Punta Gallinas, que no es lo mismo. El Cabo se encuentra un poco más al sur. Para los wayüu es Jepira, donde los espíritus de los difuntos van a descansar hasta su segundo entierro.

El pueblo turístico que surgió allí es pobre, sin agua ni muchas comodidades aunque con algunos puntos pintorescos. El viaje valió la pena por los paisajes, el azul del mar contrastando con el desierto y la colorida artesanía wayüu. Saber que estás casi en la punta de Suramérica, a la altura del Pilón o del Faro, en tierra indígena de alguna forma sagrada, significó mucho para mi.

La cuota de realidad es que la gente corroncha que llega ensucia todos esos lugares con su basura turística; botellas, vasos, bolsas plásticas, mala música a todo volúmen 24 horas al día, sin ninguna autoridad. Una vergüenza.

En lo que a mi respecta, preferiría que ese pueblecito en el Cabo de la Vela no existiera, para dejar el paisaje virgen y que a él vayan sólo aquellos que se esfuercen y que lo aprecien.

Los Wayüu

Los paisanos son tal vez lo más fascinante e indescifrable que encontré en mi viaje por la Guajira. Los encuentras desde que empieza el desierto hasta la punta de la península. Si la famosa malicia indígena tuviera nombre, fuera en wayuunaiki. Por las vueltas de la vida terminé conversando hasta avanzada la madrugada con Francisco, un hombre wayüu que vive como alijüna, al calor de unos tragos, escuchando sobre su ley y su cultura. Rindió. Alijüna significa persona extraña en wayuunaiki, no indígena, que viene de otro lugar y no conoce la ley wayüu, como yo.

 

 

 

Los wayüu son un pueblo guerrero. El desierto es suyo, de su ley. Se lo ganaron tras resistirse a la conquista por siglos. Sin embargo, la mezcla actual con la “civilización” ha resultado en una pérdida sistemática de su cultura y sus tradiciones a medida que los alijüna avanzan por el desierto, atravesando su tierra poco a poco con carreteras y líneas eléctricas. Pero no te equivoques, los wayüu del desierto no se dejan, no son pobres, no son blanditos, son fuertes; pero es difícil luchar contra el mundo neoliberal.

Dicen que en la Alta Guajira están los más puros, los que han resguardado sus costumbres y su propio sistema de derecho, cosa que me parece admirable. A pesar de vivir en una zona árida y en edificaciones rudimentarias, es el alijüna de fuera el que los ve pobres, pero ellos mismos se ven poderosos con sus animales, sus sueños y su tierra.

Incluso sus razgos genéticos sobreviven al mestizaje. Siempre han sido agresivos a su manera, cosa que les ha permitido sobrevivir a casi 500 años de ataques por todo frente imaginable, aunque no nos gusten sus maneras y sus costumbres que se han fundido con la cultura occidental.

Un ejemplo curioso de esto son los pequeños retenes que niños wayüu ponen en los caminos para pedir. Aunque en cualquier lado del mundo puede interpretarse como miseria. Cuenta el wayüu que ellos extienden la mano porque a los turistas con sus preconceptos siempre les ha “gustado” regalar limosnas a los indios, por lástima, como si lo necesitaran.

Otro es la consternación con la que las mujeres occidentales ven el hecho de que los hombres wayüu “compran” a sus mujeres con chivos, collares y reses. No tiene sentido que te escandalices. En nuestra cultura occidental la cosa no es muy distinta si lo ves bien. En la cultura wayüu, que alguien pueda proveer esos bienes significa que es prestante, que puede mantener a su propia familia. ¿No buscamos lo mismo por acá?

Esas cosas las entiendo, lo que no entiendo es cómo hay paisanos que, sabiendo sobrevivir bien en el desierto, atacan buses para quitarle sus pertenencias a los viajeros. Tampoco entiendo por qué salen de noche borrachos a manejar bicicleta o moto en la carretera. No entiendo por qué algunos ensucian su propia tierra, ni qué pasa por su mente cuando recurren a métodos atroces para sacarle plata a la mina. No sé, en la guajira no parece haber buenos y malos, sólo personas empujadas a sobrevivir como pueden, y con lo que saben. Si son costumbres antiguas, tácticas de guerra contra los nuevos conquistadores turísticos y multinacionales, o si son resultado de la tormentosa mezcla cultural con occidente, me dejo de tarea averiguarlo.

Jepirachi

Jepirachi significa “vientos que vienen del nordeste en dirección del Cabo de la Vela”. El parque eólico, una prueba viva de que podemos vivir con energías renovables en Colombia. Los generadores son gigantescos. Se ven a kilómetros de distancia y estando cerca casi no alcanza el lente para captarlos. Lo irónico es que los puso Medellín, no el caribe, y sirven para abastecer de energía al puerto de carbón (Puerto Bolívar) de El Cerrejón, la fuente de energía más contaminante y causante de emisiones que aumentan el calentamiento global.

Las energías limpias no son ninguna utopía de largo plazo, es que simplemente no nos da la gana. Preferimos el carbón que mata el aire y las hidroeléctricas que matan los ríos. La buena noticia es que si el parque eólico rinde, se puede volver un nuevo frente importante en la generación de energía en Colombia.

Cerrejón Coal

Siguiendo con la ironía, luego del parque eólico, vimos pasar un tren con vagones hasta donde alcanza la vista. Cada vagón lleva 30 toneladas de carbón; son 120 vagones. Pasa un tren cada varias horas, 365 días al año, sin descanso. Hagan la cuenta.

La mina de carbón a cielo abierto El Cerrejón se jacta de ser sostenible, siendo uno de los huecos más grandes del mundo, desplazando comunidades de sus sitios tradicionales, mientras aquí podemos ver cómo un montón de consorcios, subsidiarias y recobecos de compañías multinacionales se reparten el pastel para abastecer la monstruosa demanda energética de las centrales contaminantes de carbón del mundo, sin que Colombia al menos aproveche, o reinvierta lo generado por esos recursos sucios.

A los astutos del gobierno colombiano les pregunto: ¿cuando se acabe el carbón y todos los demás minerales, con qué se van a alimentar los huevitos o las locomotoras? ¿de qué vamos a vivir si no nos organizamos, cuidamos nuestros recursos y desarrollamos la capacidad de crear? Ah pero claro, habrá otros recursos de alta demanda en el futuro para regalar a las multinacionales mientras dejamos una costra de tierra y de cuerpos en nuestro país; biocombustible de palma, agua, coltán. En fin, ¿para qué preocuparse por apoyar con ganas a la propia industria nacional y a la Guajira, cierto?

Un río vía a Dibulla

Pero bueno, cansado de pensar en salvar a Colombia, fuimos al sur para relajarnos en un río cercano a Puente Bomba, un pueblo en la vía a Dibulla, donde comí unas hayacas (pasteles) deliciosas y probé el “queque”, una especie de panecillo dulce propio de la región. En el trayecto hacia el río, fue interesante ver cómo la vegetación cambia de matorrales espinosos y cactus a frondosa vegetación y lluvia tenue, anunciando la cercanía a la Sierra. El paseo al río fue agradable, excepto de nuevo por los turistas que arrojan basura al monte sin inmutarse.

Los accidentes

Luego, yendo de regreso y cerca a Riohacha, pasó lo que hace que un paseo sea paseo: la respectiva espichada (dos veces, primero una llanta, después la otra). La primera llanta la emparapetaron en Puente Bomba. Para la segunda estuvimos un buen rato en la carretera mientras nos la traían de Riohacha. Ahí van dos “accidentes”.

Cuando por fin arrancamos, pasó el tercer accidente. Uno que es muy frecuente según mi amigo wayüu. Un paisano en moto, al parecer borracho, se estrelló por detrás de la camioneta y quedo tirado en el pavimento. La motocicleta salió arrastrada botando chispas. Fue una suerte para el tipo que no vinieran carros en el otro carril.

Paramos inmediatamente a ayudar al hombre y parecía desorientado, borracho. Se negó a ir al hospital, sólo quería ver si la moto servía. El hombre se reincorporó, subimos la moto a la camioneta y lo dejamos con ella en la primera estación de gasolina que encontramos. Dicen que quedarse con un paisano accidentado no es tan sabio, pues la ley wayüu ordena reclamar los daños, ya sea con animales, con dinero, o con sangre, aunque uno no tenga la culpa en la ley colombiana.

De regreso

El regreso a Barranquilla se hace por otra Guajira llena de ríos, montañas verdes al orillas del mar, cultivos bananeros, pueblos pequeños y pobres, esta vez llenos de frutas y billares. Mientras regresaba, venía procesando todo lo que vi y lo que escuché. Este paseo de semana santa fue más que eso, fue una experiencia de vida.

Ni una sola cabeza, ni dos alcanzan para digerir todo lo que sucede en esa región. Si supiéramos todo lo que podría suceder, todo el potencial que hay por aprovechar. Si la gente se “pusiera su camiseta” y se educara, en equipo, trabajando para el mismo lado.

Tanto los wayüu en cada ranchería de su desierto, como los alijüna en cada lugar del resto de Colombia y de Latinoamérica estamos tirando cada quien para su lado. Pasando trabajo, cuando podríamos unirnos como una sola voz colectiva que defienda lo que es nuestro y lo que nos corresponde. Pero ahora eso es harina de otro costal.

Por ahora puedo decir que volveré a la Guajira. Creo que conociendo un poco más de esa región abierta, su diversidad y sus complejas relaciones, puedo conocer más de quién soy como colombiano, como latinoamericano. Puedo comprender mejor de dónde viene nuestra raza, por qué somos como somos y para dónde podemos ir con el potencial que ofrece nuestra tierra.