el manglar

Hace dos años nos veíamos en la 17, en la salida de Barranquilla, tomando cerveza en un estadero de esquina, champeta como banda sonora, cerca al Puente Pumarejo. El objetivo: conocer Isla de Salamanca.

Nos montamos en un bus intermunicipal -vehículo de pasajeros (y carga) usado más por leñadores, pescadores y campesinos para llevar carga entre los pueblos, que por pasajeros y turistas- hasta el parque Isla de Salamanca, un santuario mundial de aves y manglares que se encuentra a pocos minutos de entrar en el Dpto. del Magdalena.
Queríamos conocer la maravilla natural que nos mostraban las fotografías y los cuentos. Entramos por donde indicaban los letreros, y nos encontramos con unas instalaciones devoradas por la naturaleza, abandonadas a su suerte, pero aún así con un escenario natural digno de conocer.

Habiéndonos volado una puerta que no atendían, a pesar de llevar la consigna “Bienvenidos al Parque Isla de Salamanca”, conocimos a una familia lugareña encargada de cuidar el lugar. El jefe de la familia nos mostró jaulas y canoas decomisadas de pescadores clandestinos, que se dedicaban a la pesca ilegal en la ciénaga y en los manglares. Nos indicó un camino. Exploramos un poco y decidimos entrar a lo que parecía un sendero turístico.

Encontramos instalaciones abandonadas que parecían haber contenido animales acuáticos, aulas escolares, museos de biología e instalaciones turísticas. Seguimos los senderos. Es difícil olvidar los colores del agua de manglar y el sonido de los pájaros sobre el silencio profundo de la selva.

Era una aventura arriesgada, sin saberlo, nos habíamos adentrado en un lugar donde no se garantizaba nuestra seguridad. El ambiente tenso de estar haciendo algo que no debíamos se fue sintiendo, aún más, cuando nos volamos -de nuevo- una prohibición que impedía la entrada a un sendero de madera sobre el agua.
Mientras lo recorríamos, sentíamos el crujir de la madera, la inestabilidad de la estructura. Para avanzar teníamos que saltar entre huecos en el sendero. El atrevimiento duró pocos minutos.  El camino se acabó, y el bache de agua en el sendero era más grande de lo que podíamos saltar.

Luego por si fuera poco, vimos una culebra por entre los huecos, y las peladas que con cautela habían recorrido el trayecto de madera crujiente, se devolvieron corriendo y gritando en menos de la mitad del tiempo que les había tomado llegar hasta ahí. Las seguimos para no perderlas de vista y salimos de ahí a esperar un bus de regreso en la carretera, junto a trabajadores de fincas cercanas.

El breve momento valió la pena, tomamos algunas fotos que atestiguan el momento y lo poco que ví en paisajes me dejó la inquietud de querer volver a experimentar la exuberante y singular naturaleza que tenemos aquí mismo, en Isla de Salamanca. Hoy se anuncia su recuperación y reinauguración con fines ecoturísticos.

Fotografía de apertura y del slideshow cortesía de Miguel Pacheco
Más información:
Reviven los Colores de Isla Salamanca. El Heraldo.