Ayer nos encontramos con Ricardo, más conocido como ‘el chirri’, un singular personaje de adulta edad, que oculta con su pequeño tamaño y sus orejas de niño de 11 años. Él se rebusca vendiendo rosquitas en los buses y calles de Barranquilla, y tiene un grupo de disfraces en Carnavales como medio adicional para levantarse algunos ingresos.

El man, antes campesino, de cara arrugada pero de espíritu joven, luego de un saludo con la calidez propia del costeño raso – como si nos conociéramos de toda la vida – soltó la lengua para contarnos sus cuentos entrelazados de vida, tristeza, alegría y berraquera.

Nos echó el cuento de cómo la lluvia hace que se disparen las ventas de rosquitas en Barranquilla; tristes apartes de su desplazamiento; cómo cayó en ‘el vicio’ y se rehabilitó con la ayuda de sus hijos, pero sobre todo con su propia fuerza interior; cómo orgullosamente cosió y restauró con sus propias manos los zapatos viejos que tenía puestos; y el origen y la lucha diaria para mantener su grupo de disfraces, con miembros conflictivos y seducidos por ‘el vicio’.

¿Cómo se llama el grupo? – preguntamos – ‘El Puerco’ – respondío ‘el chirri’. Todo empezó como un apodo que le lanzaron cuando un día estaba mamado gallo con barro. Así, en el grupo, los miembros usan una mezcla de arcilla y barro para simular que están sucios.

“Toy comiendo mierda, ¿quieres?” es la línea que usa ‘El chirri’, al jugar con la mezcla de arcilla limpia, pero con aspecto desagradable en los desfiles de Carnaval. Tal vez una metáfora fuerte y conocida del trabajo que pasan los pobres para sobrevivir en las calles, pero que aún así sobrellevan con jocosidad, al punto de que ‘ el chirri’ ha convertido la ‘suciedad’ y la lucha por sustento en una burla que habrá sacado sonrisas y lenguas en plena Batalla de Flores, cosas que sólo se ven aquí.