Temprano para filosofar sobre lo que vinimos a hacer. “Vacaciones”, tal vez indefinidas y desempleadas… pero algo aprendí y es que esperar no es una opción. A la culebra hay que agarrarla cuando sale, así que aquí va. Todo empieza cuando encuentro una editorial vieja de Armando Benedetti, en un Heraldo del 2006. Se llama “Renunciando a la costeñidad“. El fragmento que me interesó decía así:
El Caribe, será cualquier cosa menos una limitación. Aquí nos hemos acostumbrado a que no sea conocible para los extraños. En parte porque siempre pretenden descifrarlo según pautas ajenas, es decir ineptas. Y en parte porque el Caribe es un secretismo. Ni siquiera su música acepta escribirse a plenitud.

Sentirse holgado y universal en Monserrate y estrecho y asediado frente al mar parece más una falla del observador que del paisaje (refiriéndose a un costeño que quiere irse). Hay que conceder, sin embargo, que Monserrate ofrece un universo más seguro, ordenado y previsible. El vasto y caótico universo de nuestros mitos, fábulas y leyendas, casi siempre en contraflujo, parece un peligro frente a ese mundo “metódico, interdisciplinario y consistente, en donde no hay lugar a la improvisación”

Comparación válida, nos deja en un realismo mágico, atractivo y potencialmente explotable, pero igualmente peligroso.
Realidad inmesurable que puede someternos sin poder domarla, por su misma naturaleza caótica y contrafluida. Puede arrojarnos en lo mismo, mediocridad, absurdo. Puede hacer que queramos huír a universos más predecibles y seguros donde sólo nuestro conocimiento y el nombre “costeño” o “colombiano” nos diferencie, en Monserrate, en el Mediterráneo o quién sabe dónde más. Pero ajá….¿y aquí qué? donde se necesita más espíritu que conocimiento, donde la mayoría somos costeños, la falla está en el observador, no en el paisaje.
Paradójicamente, el sometimiento ante la magia y aparente caos de la costa es donde está lo que se necesita para lograr un buen diseño verdaderamente costeño. El caribe es prohibido, no es conocible para los extraños, es secreto; pero lo prohibido se desea. Al caribe hay que hacerlo un objeto de deseo.