Latinoamérica es un inmenso tejido de vivencias y costumbres trenzado a partir de retazos coloniales, un amplio escenario reconocido por su gran diversidad, un testigo fiel de la gran odisea de todos los tiempos: “Salir adelante”, principio que se ha asociado inconscientemente al campo económico logrando que al compararnos una y otra vez nos releguemos a ser los de “atrás”.

Es precisamente esa comparación constante que exalta las condiciones foráneas lo que nos ha mantenido en este estado de fiebre tercermundista cuya cura no es otra que comprender y valorar lo que somos, nuestras raíces y los alcances que ellas pueden obtener, esta es una condición presente en cada una de las diferentes actividades desarrolladas en nuestros países, que vislumbra un panorama de estancamiento que no es otra cosa que el gran déficit de fe en nosotros mismos.

Nuestra vida se desarrolla en el marco de la “necesidad” y ella está presente en cada gran logro de este territorio. Tenemos la satisfacción de saber que todo lo conseguido ha sido con sudor y mugre en las uñas, como el campesino colombiano que siembra y recolecta el café que ha recorrido el mundo acompañado de aquel hombre y su mula o el cuidadoso viñador chileno al pie de la vid que se esmera por que sea de calidad el vino en tu botella, así podría enumerar actividades en cada uno de nuestros países cuyo reconocimiento es el resultado de una labor ardua y consciente.

De la caótica situación en las calles de Bogotá surge el Transmilenio, sistema de transporte masivo que ha permitido optimizar la movilización de cerca de 1.6 millones de personas diariamente, reemplazando a casi 7000 buses y constituyendo en sí un aporte al sostenimiento del medio ambiente. Recientemente The New York Times realizó una publicación acerca las ventajas de este sistema que ha sido ampliamente reconocido y se ha consolidado como un punto de referencia para ser replicado en otros países.

En Bolivia, siendo sal todo lo perceptible alrededor de la región de Uyuni, una de las zonas más deprimidas del país; se ha edificado el Hotel de Sal, un verdadero atractivo turístico con paredes construidas en ese mineral a partir de bloques pegados con una especie de cemento elaborado a su vez con sal y agua, los cimientos y algunos pilares se encuentran reforzados con hormigón brindándole mayor seguridad a esta interesante construcción, esperanza tangible para esta región que solía ser inexplorada.

En casos como este la palabra necesidad deja de tener el oscuro tinte que evoca la carencia para convertirse en el escalafón propicio para generar nuevas alternativas acordes nuestro deseo de crecimiento y a lo que ofrecen nuestros recursos. Si bien dicen que los verdaderos límites existen solo en la mente, ya es tiempo para derrumbar esas fronteras para construir en casa el sueño panameño, ecuatoriano, brasilero, uruguayo, en fin, el sueño latinoamericano.